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Nota - Recorriendo América I - por Osvaldo Rodríguez

Rally La Falda - Miami Agosto / Setiembre de 1994

Está en nosotros hacer que los sueños se cumplan, y este, un viaje soñado por un terceto de amigos se concretó con todo éxito.
Los participantes de la aventura fuimos, Victorio Strazza, Horacio Reggi y Osvaldo Rodríguez, los que a bordo de un sedan Ford ’ 46, salimos un primero de agosto del año ’ 94 desde La Falda con destino a Los Angeles, aunque motivos prácticos hicieran que nuestro raid terminara en Miami.
Para los que piensan en que se trata de viajes cansadores y monótonos, no saben lo lejos que están de la realidad, los días se pasan sin sentirlos y cada kilómetro recorrido deja alguna anécdota o vivencia; el reconocimiento de la gente y el entusiasmo que despierta nuestro vehículo a su paso no se pueden describir, son sentimientos y como tales muy difíciles de relatar.
Los paisajes que hemos vivido, porque esa es la sensación, no solo haberlos visto, sino vivirlos, fueron, desde la implacable cordillera, la que cruzamos por el Paso de Jama, con sus 400 Kms. de ripio, con un solo reabastecimiento en la localidad de Susques, con altitudes de alrededor de 5000 metros, donde debimos pasar, Horacio y yo, una noche rodeados de hielo y nieve, por un problema menor con el auto, hasta los interminables desiertos peruanos y los calores infernales de Centroamérica, todos ellos nos dejaron algo dentro.
En total recorrimos 15300 kilómetros a través de 12 países, y de paisajes de todo tipo, fue una experiencia fascinante ya que los que tuvimos la suerte de haber hecho algún viaje por el mundo, notamos aún más la diferencia entre un viaje convencional donde se conocen ciudades y aeropuertos todos iguales, salvo por el idioma en que se comunica la gente, y este terrestre, donde se conocen tan distintas culturas y se toma contacto con las diferentes formas de vida de los países. El recorrido nos permitió conocer Perú con sus encantos coloniales, la ciudad blanca de Arequipa, la inexpugnable ciudadela de Machu Pichu, las misteriosas líneas de Nasca; Ecuador, y su ciudad de mitad del mundo, Colombia, donde siempre está todo “Chébere” y donde fuimos recibidos, en Medellín, por gentes amantes de la Argentina y del tango, además de pasar varios días en Cartagena “La Heroica”, con su ciudad amurallada y la historia brotando a cada paso.
Panamá, con su Canal y la calidez de sus aguas y habitantes nos cobijó, mientras esperábamos el cruce de nuestro auto, ya que lo tuvimos que embarcar en Cartagena, de allí pasamos a Costa Rica la que con su vegetación exuberante nos llenó los ojos de verde, Honduras fue nuestro próximo destino, pasamos un par de días en sus playas, luego Nicaragua con su inmenso lago donde moran lo únicos tiburones de agua dulce del planeta, El Salvador nos albergó otro par de días, de allí pasamos a Guatemala, un párrafo aparte, a mi parecer se merece Antigua, vieja capital del país donde se conservan tradiciones y edificios de una manera admirable, Guatemala es uno de los países que más me impactó por el cuidado que tienen en el respeto por mantener su cultura nativa.
La entrada a México nos resultó algo complicada, ya que salimos de Guatemala y al pretender entrar a México nos exigieron Visa de transmigrante para poder salir por la frontera Norte, no había consulado mexicano en esa zona fronteriza, así que tuvimos que ir a un pueblo distante unos 50 kilómetros, para lo cual nos vimos en la obligación de alquilar un auto, ya que el nuestro quedó en el medio de un puente, en la tierra de nadie, no nos dejaban entrar a México ni volver a ingresar a Guatemala ya que una vez que un vehículo sale no puede volver a entrar hasta pasados 30 días.........
El recorrido por México fue muy extenso, pero nos brindó la posibilidad de conocer sus hermosas playas y un sinnúmero de ciudades, algunas de ellas conservadas de tal modo que nos parecía estar haciendo un viaje a través del tiempo.
Las trasparentes aguas de la bahía de Huatulco nos tentaron al buceo, mientras las de Acapulco nos permitieron tomarnos un par de días de descanso.
El DF, nos sorprendió por sus dimensiones, viven en su entorno, más de 30 millones de habitantes, es la ciudad más populosa del planeta.
La entrada a los EEUU, la hicimos por Nuevo Laredo, al entrar, no nos hicieron problemas de ninguna índole, tan diferente al paso en otras fronteras de muchos países latinoamericanos donde cada trámite era una odisea.
Los caminos son tan buenos y sin sorpresas, que hasta nos parecían aburridos, basta de preocuparse por baches, animales sueltos, controles compulsivos y hasta en algunos casos, si no violentos, al menos hechos de mal modo.
Los kilómetros, en este caso millas, son devorados por nuestro noble Ford, en una autopista pasamos a un Ford A y nos detenemos a charlar con sus ocupantes, son chilenos, padre e hijo que partieron desde Punta Arenas con un auto que está en muy mal estado, en el breve lapso que estuvimos detenidos y mientras celebrábamos el encuentro con un buen tinto chileno al costado del camino, dejó una laguna de aceite derramado.
No creemos que se haya estropeado en el viaje, sino que cuando salieron no debería haber estado mucho mejor.
Estuvimos en Dallas, Nueva Orleáns, Tallahasse y recorrimos toda la costa oeste de la península de la Florida.
Las últimas millas nos llevaron por caminos construidos sobre pilotes, ya que se trata de zonas de pantanos; el motor del auto sonaba como el primer día, tanto así que faltando muy poco para llegar, hicimos un largo trecho directamente a fondo, dejando de lado todos los cuidados y precauciones.
Al fin MIAMI !, si pensábamos que íbamos a pasar desapercibidos e ignorados, estábamos totalmente equivocados; nuestro auto, bien identificado con carteles alusivos al viaje, causaba sensación, los bocinazos y señales de simpatía nos seguían por todas partes.
Por último, solo nos faltaba ocuparnos del transporte del Ford a Baires, de eso se encargó un buen amigo que tenemos allá, Carlos Verde nos alivió, por medio de la empresa Mondia de la engorrosa tarea y nos brindó toda la hospitalidad que se le puede ofrecer a unos amigos.
La vuelta fue algo más rápida que la ida, de 60 días de duración, ya que en solo 10 horas estuvimos recibiendo la más emocionante de las bienvenidas en Ezeiza.
Nos quedó la secreta esperanza de poder hacer otro viaje, pero esa es otra historia.

Osvaldo J. Rodríguez

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